Esto es una prueba con la ñ y los acentos ò

Autor: Juan Segura Ferrer, pbro.                        Contacto: seculorum@seculorum.es

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   Nueva ley, nueva exigencia

  Domingo 6 Ordinario. Ciclo -A-. 16 febrero 2020.                                                                  Mateo 5, 17-37

 

 

PASTORAL DE LA SALUD

 

Fichas de formación para agentes PS

1. La salud.

2. Los enfermos y la Parroquia.

3. La enfermedad y el sufrimiento.

4. El trato humanizador.

5. La Unción de los enfermos.

6. Los Sacramentos de los enfermos.

7. El Viático.

8. La visita pastoral al enfermo.

9. La escucha pastoral.

 

Otros temas de Pastoral de la Salud

* La salud es Cristo (1).

* La salud es Cristo (2).

* Los cuidados paliativos.

* Orar en la enfermedad.

 

 

PIEDAD

* Celebración de la Cruz.

* Via Crucis Tradicional.

* Via Crucis según San Mateo.

* Via Crucis según San Marcos.

* Via Crucis según San Lucas.

* Via Crucis según San Juan.

* Siete Palabras de Cristo en la cruz.

* Siete dolores de la Virgen María.

 

* Via Lucis.

 

* Novena de la Misericordia al Sagrado

corazón de Jesús.

 

* Via Pauli.

 

 

   Salvación o condenación, cielo o infierno… son conceptos que, con frecuencia, los referimos al carácter remunerador del juicio divino, osea, que la salvación o el cielo son el premio que Dios da a los que han sido buenos y se han portado bien, puesto que se han hecho merecedores de ello; mientras que la condenación o el infierno son, por el contrario, el castigo que Dios aplica a los malos, a quienes se han portado mal en esta vida porque se han hecho acreedores de esa condenación. El planteamiento no puede ser más lógico y cartesiano: es como si Dios tuviera en la mano una calculadora en la que va introduciendo los méritos y deméritos de cada uno y solo tiene que darle a una tecla para ver el resultado: salvado o condenado; cielo o infierno. ¿Y si no fuera así? ¿Y si en lugar del botón de la calculadora somos nosotros quienes eligen en ese momento si queremos salvarnos o condenarnos? El autor del libro del Eclesiástico no lo describe así exactamente, pero lo sugiere cuando dice que a cada uno se le dará lo que elija. Nos haría falta saber si se da una continuidad entre los tiempos presente y futuro o si son, más bien discontinuos. Porque es claro que en esta vida temporal (presente) Dios nos muestra el bien y el mal y somos nosotros quienes elegimos. Ahora bien, no queda suficientemente resuelto si, al final (futuro), se vuelve a producir una nueva elección ante la presencia de Dios, ya en la otra vida, o si perdura la elección -errática o acertada- que habíamos hecho en esta vida temporal. Lo que sí es seguro es que no nos vamos a equivocar si sabemos elegir lo que Dios quiere siempre que debemos elegir.

   Lo que hacemos normalmente es poner sobre los hombros de Dios lo que, en realidad, es nuestra propia responsabilidad. El texto de Ben Sira nos previene de que Dios no nos ha programado para escoger el mal; es más, ni siquiera nos ha dado permiso para ello. La única responsabilidad de esa elección es nuestra; se trata de nuestra elección, no la de Dios. A veces no caemos en la cuenta de que cualquier decisión que tomemos va a tener unas u otras consecuencias. Pero nos encanta echar balones fuera y buscar culpables, lejos de nosotros, de las consecuencias de las malas decisiones que hemos tomado. Y lo más fácil que nos resulta es pedirle cuentas a Dios diciendo que por qué permite las nefastas consecuencias de las decisiones erráticas que nosotros mismos hemos tomado. ¿Es Dios, acaso, responsable de nuestras decisiones? ¿Acaso es Dios el responsable de una vida echada a perder por las drogas, el juego, la delincuencia; o de la violencia que causa las guerras, el terrorismo, el odio de unos hacia otros; o de las injusticias y las desigualdades que produce una economía mundial que no tiene como centro el bien de la humanidad sino las rentabilidades y las ganancias; es Dios el causante del hambre en el mundo o del virus que se escapa de un centro de investigación para la creación de armas biológicas? Salgamos de tan grande hipocresía: Dios nos ha dado lo necesario para llevarnos bien, para que desarrollemos la capacidad de amor que hay en nosotros, para ser justos y constructivos los unos con los otros. Es nuestro pecado el causante de todos los males de los que nos lamentamos. Y solo si decidimos libremente ir por donde Dios nos marca, haremos de este mundo un hogar acogedor y amable para todos, en el que los recursos lleguen también a todos.

   El evangelio de Mateo continúa avanzando en las enseñanzas del sermón del monte. En este fragmento, Jesús aborda los preceptos de la antigua ley. Dice que no ha venido a abolirlos, pero sí a darles plenitud. Una vez que han alcanzado su plenitud, quedan ya superados. “Superior” es, precisamente, lo que Jesús quiere aplicarle a la normativa veterotestamentaria. A ver si logramos entenderlo: es el nivel de exigencia lo que Jesús amplía en esos preceptos. No los borra, quedan cumplidos y dan paso a un nivel de exigencia superior. Por tanto, están latentes en lo nuevo, pero por sí mismos no son suficiente para lo nuevo que Jesús nos trae. Si continuara vigente lo anterior, Jesús no habría necesitado venir ni proponer nada nuevo. La novedad consiste, entonces, en eso, en que el valor de lo que Jesús nos plantea es superior, más alto.

   No matarás, no cometerás adulterio y no jurarás en falso son los tres mandatos que Jesús abarca en esta perícopa que nos trae el texto litúrgico. El tercero queda completamente suprimido; “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no; lo que pase de ahí, viene del Maligno. Mientras que vemos que los otros dos quedan vigentes pero con un significado mucho más amplio y una exigencia mucho más elevada. La ley antigua decía «sed santos» y la nueva alianza nos urge «sed perfectos». En eso estamos.

P. Juan Segura.







 

 


 

 

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LAS LECTURAS DE HOY

 

LECCIONARIOS ANTIGUOS

Leccionarios con los textos bíblicos anteriores a la última edición.

 

La mesa del domingo

   DOCUMENTAL CON EL COMENTARIO EVANGÉLICO (haciendo clic en la imagen) Reportaje: Roma: Piazza Navona e Piazza S. Pietro, nocturno.                            

               

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Recomendado

El evangelio de San Mateo (el evangelista del ciclo -A-)

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   Declaración Universal de los Derechos Humanos. Artículo 18:

   «Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia,

     así como la libertad de manifestar   su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»

                                                                                               

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   A PIE DE PÁGINA

España: La “progresía” de la vergüenza

   Según publicaba el diario El Mundo en su edición digital del 18 de enero, la fundación BBVA ha realizado un estudio sobre ciencia y tecnología en cinco países europeos: Italia, Reino Unido, Francia, Alemania y España. Una de las cuestiones abordadas mediante encuesta es si la gente cree o no que la ética debe poner límites a los avances científicos y tecnológicos. Los alemanes opinaron que sí en un 68% y los franceses en un 57%, Italia y Reino Unido también son favorables con porcentajes por encima del 50%; y España, tan solo España, se quedó en un 36%. En España solo uno de cada tres encuestados piensa que la ética debe aplicarse a los avances científicos y tecnológicos.

 

   Cabe preguntarse si los encuestados en España saben de qué va la ética, porque no es otra cosa que aquello que nos hace caer en la cuenta de que el ser humano y su dignidad -cualquier ser humano- está por encima de todo lo demás, su valor es absoluto. Así, la economía sin la ética, se convierte en la dictadura del dinero; la política sin la ética, se convierte en la dictadura del poder; el sexo sin ética, se convierte en la dictadura del hedonismo; el ocio sin ética, se convierte en la dictadura de la vagancia; el trabajo sin la ética, se convierte en la dictadura de la esclavitud; la libertad sin ética, se despoja de la responsabilidad y nos convierte en esclavos de nosotros mismos. Del mismo modo, la ciencia y la tecnología, sin ética, nos degradan. El ser humano debe estar por encima; ciencia y tecnología, como todos los demás campos de la vida y del saber, deben estar a nuestro servicio, y no para convertirnos en sus esclavos.

 

   Traducidos al lenguaje asequible a todos, los cuatro principios universales de la ética son: el respeto a la persona, la justicia, no hacer nada que procure el mal a la persona y hacer aquello que le proporciona el bien. Estos principios no admiten discusión porque son universales. Y enseguida nos damos cuenta de que la renuncia a ellos nos puede llevar al abismo. Pero dos de cada tres españolitos dicen que no les importa, que no pasa nada; qué vergüenza.

 

   Aquí oímos sin parar hablar de progresismo. Quienes tienen esa palabra siempre en la boca son quienes más prescinden de los valores de la ética; o sea, que han acuñado el significado de progresismo como aquello que no tiene freno alguno, ni siquiera el de la ética, que tiene como objetivo, la salvaguarda del ser humano y su felicidad. Más vergüenza.

 

   Chesterton, en su obra “Ortodoxia” afirma que “Progresar debería significar que siempre estamos cambiando al mundo para adaptarlo a un concepto. Y hoy progresar significa que estamos cambiando el concepto.” Y que, por tanto, “no estamos alterando lo real para adaptarlo a lo ideal. Estamos alterando el ideal: es más fácil”. La consecuencia es que miramos el presente con resignado asombro, pero que vemos por delante un futuro inquietante. ¿No vamos a la autodestrucción de nuestra propia especie?

 

Juan Segura.


 

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